
Hoy despedimos a la única mujer capaz de olvidar a su hijo en tres países distintos y seguir siendo considerada la madre del año. Hoy recordamos a la dama que no necesitaba efectos especiales porque su cara ya venía de serie con más ángulos que un examen de geometría; la mujer que podía asustar a un fantasma y luego invitarlo a una copa de vino. Hablamos de Catherine Anne O'Hara, la única persona en Hollywood que sabía gritar "¡Kevin!" de una forma que hacía que hasta los niños de los vecinos recogieran el cuarto. La pequeña Catherine nació en Toronto el 4 de marzo de 1954, en una familia tan numerosa que para pasar lista tenían que llamar a un censor del ayuntamiento. Eran siete hermanos, así que Catherine aprendió pronto que, o eras graciosa, o no te llegaban ni las sobras del guiso. De joven tenía ese aire de "niña bien" de Canadá, que es como ser de Valladolid pero con más nieve y pidiendo perdón hasta por si acaso. Empezó en el mundillo del humor con los de Second City, donde se juntó con gente como John Candy, el Juanito el Golosinas de ellos, formando un grupo que hacía que los Monty Python parecieran una reunión de vecinos de una comunidad de bienes. Allí demostró que podía imitar a cualquiera, desde una estrella de cine acabada hasta a tu tía la que se pasa con el anís en Navidad. En los 80 le llegó la fama mundial haciendo de Delia Deetz en Beetlejuice. Allí salía con unos pelos que parecían un nido de cigüeñas electrocutadas y unas esculturas que daban más miedo que una inspección de trabajo. Fue la única capaz de cenar con unos langostinos que cobraban vida y no perder la compostura, demostrando que para ser una artista moderna solo hace falta mucha laca y tener muy poca vergüenza. Pero el papel que la jubiló antes de tiempo en la mente de todos fue el de Kate McCallister en Solo en casa. Catherine se pasó media película corriendo por aeropuertos como si estuviera persiguiendo el último autobús de la noche para volver al pueblo. Logró que medio planeta se sintiera mejor padre, porque por muy mal que lo hicieras, al menos tú no te habías ido a París dejando al niño a merced de dos cacos que parecían salidos de un chiste malo. En esta época ya tenía la mandíbula que parecía un monedero grande donde te caben hasta las llaves y las cejas con vida propia, que se movían más que una menopáusica por la noche. Después de unos años haciendo de todo, se reinventó como Moira Rose en Schitt's Creek, donde llevaba más pelucas que una comparsa del Carnaval de Cádiz. Hablaba con un acento que no existía en ningún mapa y vestía como si hubiera asaltado el armario de una villana de Disney con presupuesto ilimitado. Se convirtió en un icono para los modernos, que no sabían si querían ser ella o que ella les adoptara para heredar sus sombreros. Se casó en 1992 con Bo Welch, un diseñador de producción, lo cual es muy práctico porque así si se aburría de los muebles del salón, el marido le montaba la casa de Psicosis en un momento. Tuvieron dos hijos a los que, según las malas lenguas, nunca se olvidó en ningún vuelo transatlántico, rompiendo así la magia del cine. Desgraciadamente, Catherine nos dejó el pasado 22 de abril de 2026 a los 71 años. Se ha ido dejando un hueco enorme y un montón de actrices jóvenes intentando imitar sus gestos sin que les dé un tirón en la cara, aunque ustedes siempre podrán recordarla cada vez que su tía se pase con el anís en Navidad o vean a una madre al borde del colapso nervioso.
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