
Todos hemos tenido la experiencia de relaciones que, simplemente, funcionan. Pueden ser relaciones personales (sentimentales o no), y también profesionales. El entendimiento es sencillo, casi mágico. Conversaciones que encajan, silencios que no pesan, ritmos que se acompasan sin necesidad de hablar mucho. Y te dices: esto funciona. Funciona porque no hay malentendidos, porque no hay tensiones, porque todo está en su sitio. Como cuando acabas de ordenar el salón y no hay un solo cojín fuera de lugar. Una sensación de armonía en la que te instalas como si fuese a durar para siempre. Hasta le solemos poner un nombre: la fase de «luna de miel». Es tentador pensar que eso es lo natural. Que si una relación es buena, debería mantenerse así: ligera, suave, espontánea. Sin fricciones. Y si aparecen, señal de que algo se ha roto. Pero basta con mirar un poco más de cerca. O esperar un poco más de tiempo. Porque luego pasa algo. Siempre pasa algo. En la vida es inevitable abordar el ciclo de armonía-desarmonía-reparación (aunque la reparación es opcional)
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