
23 julio Santa Brígida Jeremías 2, 1-3.7-8.12-13: “Me abandonaron a mí, manantial de aguas vivas, y se hicieron cisternas agrietadas” Salmo 35: “Tú eres, Señor, la fuente de la vida” San Mateo 13, 10-17: “A Ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no” Los discípulos cuestionan al Maestro la razón de hablar en parábolas y nos da también a nosotros la oportunidad de meditar su respuesta que en un primer momento los deja aún más desconcertados. Parece contradictoria la sentencia de Jesús respecto a quienes no pueden entender, no quieren ver o no abren su corazón, pero es muy real en la vida de todos los días. Es una ley de la vida: entre menos dispuestos estamos, menos oportunidades tenemos; entre más dormidos o indiferentes estamos, menos lo podemos aprovechar. Es como esos jóvenes que van al campo a llenarse de naturaleza, de aire y de sonidos, pero se “equipan” tanto que llevan su casa a cuestas y no logran experimentar la fuerza de la naturaleza. Hay quienes nos acercamos a Dios, a su palabra, pero como usando un paraguas para no mojarnos y no permitir que nos invada esa nueva vitalidad. Se necesita estar dispuesto, abrir el corazón. Las parábolas son sencillas, están a la mano todos los días, pero necesitan que el corazón se abra y se deje tocar. Quizás la palabra clave es que tenemos miedo a la conversión. Como decían las abuelitas, las palabras por un oído nos entran y por otro nos salen, y no se queda nada en el corazón. Después nos quejamos de que no hemos recibido las gracias, pero ¡nosotros somos los que las rechazamos! Muy en consonancia con esta actitud llegan las palabras del profeta Jeremías que reclama al pueblo de Israel porque abandonan a Dios y se hacen cisternas agrietadas que no retienen el agua. Se abandona la fuente y se muere de hambre. Se olvida el pueblo del primer amor y después se queja del abandono, pero el Señor siempre está dispuesto y busca el amor de su pueblo, Israel es quien se ha prostituido con otros dioses. A nosotros nos pasa igual: rechazamos su Palabra y su amor y después nos quejamos de nuestra aridez y soldad. Hoy pidamos al Señor que abra nuestro corazón para recibir su Palabra, que dejemos las actitudes de los escribas y fariseos, que estemos dispuestos a dejarla penetrar, germinar, crecer, con mucha paciencia. ¿Qué tan dispuesto está nuestro corazón? ¿Nos arriesgamos a sufrir un verdadero cambio dejando crecer la palabra en nuestro interior?
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