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En los albores de la civilización no había dos escrituras como se suele creer. Había tres. Esta tercera y misteriosa escritura, conocida por los expertos como «protoelamita», apareció en la meseta del antiguo Irán exactamente al mismo tiempo que las otras dos daban sus primeros pasos. Sin embargo, este sistema, que ha sido inexplicablemente ignorado por casi todo el mundo desde su descubrimiento en 1899 en la antigua ciudad de Susa, podría haber sido el más avanzado de los tres. Tan avanzado, de hecho, que representa un salto evolutivo espectacular en la historia de la humanidad, pero desapareció casi tan rápido como surgió. Los investigadores de la Universidad de Oxford, que llevan más de un cuarto de siglo enfrascados en digitalizar las 1.700 tablillas protoelamitas que existen, señalan que esta misteriosa 'tercera' escritura pudo haberse inspirado en el cuneiforme primitivo de la vecina Mesopotamia, a apenas unos cientos de kilómetros de distancia. No obstante, otros especialistas, como los de la Universidad de Reading en el Reino Unido, nos advierten de que esto no es tan sencillo. Ellos proponen algo aún más fascinante: que las tres escrituras nacieron de forma independiente y paralela, heredando símbolos de sistemas más rudimentarios de la Edad de Piedra, símbolos prehistóricos que ya circulaban por el suroeste de Asia. Ninguna copió a la otra; todas bebieron de un ancestro común. Además, todo apunta a que el protoelamita era un silabario avanzado. Si aceptamos que la verdadera escritura es aquella que codifica el habla, entonces los antiguos iraníes inventaron la primera escritura real de la humanidad.
A 700 millones de años luz de la Tierra existe una colosal región esférica de 330 millones de años luz de diámetro que desafía todo lo que sabemos sobre la estructura a gran escala del cosmos. La Vía Láctea, nuestro hogar, se encuentra situada en uno de estos vacíos de baja densidad, conocido como el Vacío KBC, o el Agujero Local. Sin embargo, ninguno de los vacíos que hemos logrado cartografiar se acerca en magnitud al Vacío de Boötes. Un equipo de investigadores estaba realizando un sondeo rutinario de corrimiento al rojo cuando descubrieron este leviatán en 1981. Esto sacudió a la comunidad astronómica. Publicaron sus hallazgos en la prestigiosa revista The Astrophysical Journal Letters, en un artículo que llevaba por título una pregunta cargada de incredulidad: "¿Un vacío de un millón de megapársecs cúbicos en Boötes?" Y es que, al cruzar los datos de su mapeo tridimensional, los astrónomos se dieron cuenta de que había un "hoyo" en el cielo. Observaron que una interpretación altamente plausible, que posteriormente fue confirmada como correcta de toda la información recogida era que esa descomunal área del espacio estaba, simple y llanamente, «casi desprovista de galaxias».
Los seres humanos creemos que ciertas habilidades, como el arte, la filosofía o, sobre todo, las matemáticas, son un coto privado y exclusivo de nuestra especie o, como mucho, de algunos primates muy desarrollados. Sin embargo, un estudio publicado en Proceedings of the Royal Society B demuestra lo contrario. Un equipo de etólogos comprobaron en numerosos experimentos que las abejas poseían una mente matemática sorprendente, capaz de sumar, restar y comprender el concepto del «cero». Sin embargo, en ciencia, cuando haces una afirmación extraordinaria, necesitas pruebas extraordinarias que la demuestren. Y entonces, de repente, todo se vino abajo. Un grupo de científicos publicó un estudio demoledor que mantenía que las abejas nos estaban engañando. Los críticos, de hecho, argumentaban que las abejas no estaban utilizando pistas numéricas reales para resolver las pruebas, sino que se estaban guiando por simples trucos visuales. Por ello, un equipo internacional liderado por el doctor Mirko Zanon, del Centro de Ciencias de la Mente y el Cerebro de la Universidad de Trento, y la doctora Scarlett Howard, de la Escuela de Ciencias Biológicas de la Universidad de Monash en Australia, decidieron poner fin a este debate. Gracias a una nueva perspectiva, concluyeron que las abejas no están haciendo trampas. No están reaccionando ciegamente a los bordes o al tamaño de la mancha de color. Están contando.
Pero lo que aquellos homíninos no podían ni siquiera imaginar mientras tallaban la piedra junto al Arlanza, es que sus herramientas, abandonadas en el fango, iban a ser descubiertas 700.000 años después. Y que ese descubrimiento iba a hacer que los cimientos de la prehistoria europea se tambalearan. Y es que, queridos amigos, la noticia que hoy nos ocupa es de esas que obligan a reescribir los libros de texto. El Equipo Investigador de los yacimientos de Atapuerca, junto a un equipo multidisciplinar de varias instituciones —como el IPHES, el CENIEH y la Universidad de Burgos— acaba de publicar un estudio en revista 'Quaternary Science Reviews' con el hallazgo, en el yacimiento de Revilleja de Valparaíso, de trece de estas herramientas de piedra. Trece piezas que constituyen la evidencia más antigua conocida hasta ahora en la península ibérica del llamado Achelense clásico de origen norteafricano.
Durante su viaje alrededor de la Luna, la tripulación de la Artemis II ha estado utilizando cámaras digitales de altísima resolución, equipadas con sensores CMOS ultraprecisos, para fotografiar la superficie lunar como nunca antes la habíamos visto. Han capturado la impresionante Cuenca Oriental, un cráter de impacto colosal de casi mil kilómetros de diámetro, y han fotografiado el lado oculto de nuestro satélite con un nivel de detalle que corta la respiración. Estas imágenes de alta resolución van a servir para localizar las regiones más privilegiadas de la Luna. Regiones donde podremos establecer nuestras futuras bases y acceder a esas reservas de agua y de Helio-3 de las que tanto se habla. Y aunque China nos lleve la delantera, sabemos, por observaciones de misiones como la Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO) de la NASA, que el agua existe allí en forma de hielo. Pero su origen y su distribución han sido un auténtico misterio que ha desconcertado a los científicos durante décadas. No obstante, un nuevo estudio internacional publicado en Nature Astronomy ha revelado que el agua se acumuló lentamente, gota a gota, a lo largo de un período asombroso de unos 3.000 a 3.500 millones de años en cráteres muy profundos de los polos lunares llamados “trampas de frío”.
Durante la última década, los investigadores han estado mapeando más de 1.500 túneles gigantescos. Se trata de conductos que alcanzan casi los 600 metros de longitud con una altura y anchura suficientes para que entre una persona. Sin embargo, la forma y la estructura de estos túneles no encajan con ninguna formación natural o humana conocida. Además, las paredes no son irregulares, como las de una cueva kárstica. La sección transversal de estos túneles es perfectamente circular o elíptica. Tienen ramificaciones que suben y bajan con una planificación casi urbanística. Y para acabar, las duras paredes de roca arenisca y roca volcánica están completamente cubiertas de marcas de garras, aunque Heinrich Frank, un veterano geólogo de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul en Brasil, asegura que los animales excavadores no tuvieron nada que ver. Para encontrar una respuesta, los científicos tuvieron que jugar a ser detectives del pasado. Se fijaron en el tamaño de las galerías y en la distancia entre las marcas de las garras. Y todas las pistas apuntaban a los gigantes de la Edad de Hielo. A la majestuosa y colosal megafauna sudamericana. Y más concretamente, al perezoso gigante de tierra, una criatura conocida científicamente como Megatherium, y a sus parientes cercanos como el Lestodon. Un estudio detallado publicado en la revista especializada Ichnos revela que estas cámaras no se excavaron de una sola vez. Los científicos han encontrado evidencias de que los túneles fueron ensanchados, reutilizados y mantenidos a lo largo de generaciones, ya que fue el hogar ancestral de una dinastía de gigantes.
La obra se titula 'Becoming Martian: How Living in Space Will Change Our Bodies and Minds' (Convirtiéndose en Marciano: Cómo vivir en el espacio cambiará nuestros cuerpos y mentes). Y el argumento central de Solomon es que, a lo largo de millones de años, la selección natural ha moldeado al Homo sapiens para vivir en la Tierra. Nuestros cuerpos, la densidad de nuestros huesos, el sistema inmunológico, nuestros ritmos circadianos... Todo está calibrado al milímetro para una gravedad de 9,8 metros por segundo al cuadrado, para una presión atmosférica concreta y al amparo protector de nuestro campo magnético. Si los seres humanos se trasladasen a Marte, su evolución sería distinta. Afectaría a los huesos, la piel, al crecimiento de los niños e, incluso, a la reproducción humana y al nacimiento. El resultado serían cabezas grandes, cuerpos pequeños y frágiles, pieles de colores extraños para resistir la radiación. La imagen clásica de los alienígenas de ciencia ficción podría ser simplemente el espejo de nuestro propio futuro evolutivo en el espacio.
Un fascinante estudio recién salido del horno, publicado este mismo 11 de marzo de 2026 en la prestigiosa revista de acceso abierto PLOS ONE, ha venido a darle un buen bofetón a nuestro ego antropocéntrico. La investigación, liderada por la psicóloga Ursula Hess, de la Universidad Humboldt de Berlín, demuestra de manera concluyente que los humanos percibimos las expresiones emocionales de otros primates y las imitamos espontáneamente. La piedra angular es lo que los neurocientíficos y psicólogos llaman "mimetismo emocional". Es un reflejo neurológico automático que tarda apenas fracciones de segundo en producirse, y es el ladrillo fundamental sobre el que se construye la empatía humana. Es lo que nos permite conectar, crear lazos sociales y literalmente "sentir" lo que el otro siente. El equipo de Ursula Hess diseñó un experimento online en el que se les mostraron vídeos muy cortos a más de 200 voluntarios en los que aparecían diferentes monos y simios. En primer lugar, los humanos demostraron ser extraordinariamente hábiles para etiquetar las emociones de los simios. Al terminar cada vídeo, debían puntuar si el gesto era positivo o negativo y asignarle etiquetas de emociones discretas como enfado, felicidad, miedo, tristeza o asco. Pero la bomba vino de los datos que recogieron las cámaras. Los humanos imitaron las expresiones de los simios de manera espontánea. Nuestras caras, literalmente, estaban entrando en resonancia con las emociones de seres de otra especie.
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