Hilaricita

Una mirada nueva [English Subtitles]

May 15, 2026·16 min
Episode Description from the Publisher

Viernes 15 de mayo, 2026 Durante mucho tiempo, mi mundo se redujo a lo que cabía entre las paredes blancas del hospital en donde trabajo. Mi identidad estaba definida por el uniforme, el sonido de los monitores, la administración de fármacos, las técnicas y esa responsabilidad constante de cuidar la vida de otros de acuerdo a las órdenes de los médicos. Pero la vida tiene formas curiosas de sacudirte, a veces a través de un gesto inesperado, o, como en mi caso, a través de un regalo de aniversario que recibí por parte de mi novio. Su regalo no fue solo un objeto; fue el inicio de una grieta necesaria en mi rutina porque me embarqué en algo diferente que hace poco acaba de terminar, y lo que empezó como un simple pasatiempo se convirtió en un viaje de reinvención que no buscaba cambiar de trabajo, sino cambiar de perspectiva y también de ambiente. Todavía recuerdo la cara que puse cuando abrí aquel paquete de aniversario. No era el perfume o la joya que uno suele imaginar. Se trataba de una cámara profesional, pesada y negra, que me lanzó como un reto apenas la miré. Mi novio me la dio con una sonrisa de "ya lo sabía", porque él fue el primero en notar que yo no solo tomaba fotos con el móvil, sino que me detenía a buscar la luz en una flor insignificante del jardín o en el reflejo de un charco tras la lluvia. Él vio en mi mirada algo que yo misma, sumergida en el trabajo, había dejado en segundo plano junto con la escritura creativa con estilo de poesía. Hace unos meses decidí inscribirme en un curso de fotografía. Y lo reconozco: me sentía una intrusa. Llegaba a las clases con cansancio acumulado, preguntándome si no era una locura intentar empezar de cero en algo tan distinto. Pero lo que descubrí fue una revelación: la reinvención no es traicionar quien eres, sino permitirte hacer cosas diferentes a las habituales. Hoy, al mirar atrás y ver el camino recorrido en el curso me llena de una satisfacción que no sentía hace mucho tiempo. He aprendido que la cámara es, en realidad, muy parecida a mi profesión: ambas requieren paciencia y observación. He aprendido que reinventarse no es una cuestión de edad ni de currículum, es una cuestión de permiso y compromiso. A veces, lo más difícil de guardar el equipo de sutura por unas horas y agarrar la cámara no es entender la técnica, sino aceptar que, de repente, no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Después de años en el hospital, donde la gente confía en mi criterio y donde me muevo con la seguridad de quien conoce cada protocolo de memoria, volver a ser "la que no sabe" es un golpe seco al orgullo absurdo del que todos deberíamos deshacernos. Recuerdo que me senté en esa primera clase del curso de fotografía rodeada de gente, algunos mucho más jóvenes que yo, que parecían haber nacido con un sensor digital en el cerebro. Mientras ellos hablaban de ISO y de edición RAW con una naturalidad pasmosa, yo miraba mi cámara como si fuera un artefacto de otro planeta. Sentí ese nudo en el estómago, esa vocecita que te dice: “¿Qué haces aquí? Tú ya eres profesional en lo tuyo, ¿para qué exponerte a verte torpe a estas alturas?" Nos han enseñado que la vida es una escalera mecánica: estudias, trabajas, asciendes y te vuelves experto. Nadie te advierte que, para crecer de verdad, a veces hay que bajarse de esa escalera y empezar a gatear en otra dirección. La paciencia que gané en las guardias interminables fue mi mejor herramienta para conseguir ese retrato perfecto. La empatía que uso para consolar a una familia es la que me permite conectar con quien tengo al otro lado del objetivo para que no se sienta un extraño. He dejado de intentar separar mis dos mundos. Ahora entiendo que mis manos, que han canalizado mil vías y han sostenido tantas historias, son las mismas que hoy sostienen la cámara con una sensibilidad diferente. No estoy empezando de cero; me estoy llevando todo lo que he vivido en el hospital a este nuevo lenguaje visual. Pero también nos puede ocurrir, muchas veces, que el síndrome del impostor, nos puede visitar, esa sombra que te persigue cuando te atreves a pisar un terreno que no es el tuyo. Me ha ocurrido, sobre todo cuando tengo la cámara en la mano y, aunque acabo de terminar un curso y mis fotos ya empiezan a tener esa intención que buscaba, una voz interna me susurra: “¿A quién quieres engañar? Eres enfermera, no artista”. Me pasa incluso cuando reviso las fotos de esa flor en el jardín que tanto le gustó a mi novio, o los retratos llenos de luz que logré en las últimas clases, e insisto en buscar fallos en donde no hay. Suelo pensar que ha sido suerte, que la cámara es "demasiado buena" y hace el trabajo por mí, o que la gente es amable cuando me dice que mis fotos transmiten algo especial. El síndrome del impostor hace que nos cueste horrores adueñarnos del nuevo talento que adquirimos. Pero al otro día, mientras descargo las fotos en mi com

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